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Eco de Vida

Como niños otra vez: "La felicidad de lo simple"

  • Foto del escritor: yessilu731
    yessilu731
  • 2 may 2025
  • 4 Min. de lectura

Hola hoy primero de mayo se celebra el día del trabajo en México, este día no se labora así que cerramos el negocio muy temprano sabiendo que no es un día en el que haya mucho trabajo, decidí junto con mi esposo ir a comer a una plaza cercana junto con nuestros hijos después de muchas turbulencias en nuestra vida estos últimos meses (de los que hablaremos otro día porque aprendí muchísimo).


El lugar estaba abarrotado, el calor agobiaba y no había un solo asiento libre. Por un momento, dudé de haber tomado una buena decisión al estar ahí. Las filas para conseguir comida eran interminables y el ambiente parecía un juego desordenado de sillas. Pero justo cuando todo parecía demasiado, una pareja amable me ofreció su mesa. Fue un pequeño acto de gracia. Mientras mi esposo enfrentaba las largas filas para conseguir lo que cada uno quería comer, yo observaba a nuestros hijos y agradecía. Finalmente, compartimos los alimentos, reímos y escuchamos a los pequeños hablar sin parar. Fue un momento sencillo, pero lleno de vida. Dios nos regaló ese instante: una pausa en medio del caos, para recordarnos que la verdadera bendición está en poder estar juntos, simplemente siendo familia.

Después de comer, decidimos visitar la juguetería dentro de la plaza. No solemos comprar juguetes fuera de Navidad o cumpleaños, pero queríamos sorprenderlos con un pequeño detalle, solo porque sí. Mi hijo menor, emocionado, encontró de inmediato unas figuras de goma que se estiraban. A mí me parecieron horribles: monstruos deformes, sin forma ni color bonito. Pero estaban dentro de nuestro limitado presupuesto, y eso también pesaba.


Intenté animarlo a buscar algo más bonito, pero su corazón ya se había aferrado a esas figuras. Mientras tanto, mi hijo mayor recorría los estantes con esperanza. Encontró figuras de sus videojuegos favoritos, legos y personajes de películas… pero todo estaba fuera de nuestro alcance. Para suavizar la desilusión, le propusimos comprar un juego de mesa para jugar en casa. Nos miró con una sonrisa apagada y, con un suspiro, dijo:

—Entonces, ¿podemos subirnos al caballo con rueditas y comprar un helado?


Aceptamos. Era una negociación justa. Mientras salíamos con la esperanza de encontrar algo mejor para el menor y algo más accesible para el mayor, mi corazón se sentía apretado. ¿Qué mamá no querría darles más de lo que piden? Son niños nobles, trabajadores, obedientes. Se esfuerzan, ayudan a su tío, sueñan con ahorrar para un PlayStation. Y aun así, a veces solo puedo ofrecerles lo sencillo.


Al final, no encontramos nada para mi hijo mayor. El menor seguía enamorado de las figuras de goma, así que, aunque no me gustara, compramos la menos fea. Él estaba feliz, y su sonrisa hizo que todo valiera la pena. Luego fuimos al paseo en caballo, y mi esposo recordó que el mayor había mostrado interés en un juego de dardos magnéticos. Fui corriendo por él mientras ellos daban vueltas por la plaza.

Todo parecía resuelto. Todos habían recibido algo. Pero al observar a mi hijo mayor, noté una mezcla en sus ojos: alegría, sí, pero también una tristeza suave, casi resignada. Lo miré y le pregunté:

—¿No es fácil crecer, verdad?


Me miró sorprendido, como si le hubiera leído la mente. Guardó silencio unos segundos y luego dijo:

—Mamá, ¿cómo es que cuando eres pequeño cualquier cosa te hace feliz? Mira a mi hermano con su juguete feo, para él es lo mejor… y mi primo, aunque sus carros se hayan roto, los sigue viendo bonitos. Cuando yo era más pequeño, me encantaban mis carros, aunque tuvieran solo tres llantas. Pero ahora ya no es así.

Su comentario me estremeció. No solo estaba creciendo por fuera, su corazón también estaba cambiando. Ya no era un niño al que cualquier cosa lo sorprendía. Había dado ese paso invisible donde comienzan los anhelos más grandes, y con ellos, las primeras frustraciones.

Con una sonrisa suave, intenté bromear: —Y espérate a ser adulto… se pone más difícil sorprendernos y que algo nos guste —nos reímos un poco.


Me abrazó, y en ese abrazo, sentí que Dios me hablaba. Así que, sin pensarlo mucho, le dije:—Sabes… conforme crecemos, empezamos a desear cosas más grandes, más costosas, más difíciles de alcanzar. Pero también comenzamos a conocer la frustración y la desilusión. A veces yo misma quisiera poder comprar una casa enorme, salir de viaje cada año, darte todo lo que sueñas… pero no siempre es posible. Y ¿sabes qué? Eso no es malo.


Él me miraba con atención.—Por eso Jesús nos dijo que fuéramos como niños. Porque los niños se asombran, agradecen, se conforman con lo simple. Cuando solo vivimos deseando lo que no tenemos, nos perdemos lo que sí tenemos. Y eso es lo más peligroso: dejar pasar la vida por mirar hacia otro lado.


Hice una pausa y continué:—Hoy sí tenemos una familia. Tienes un hermano. Tienes a mamá y papá. Hoy tienes un tiro al blanco que puedes jugar con tu abuelito, y sé que le encantará. Hoy puedes reír, jugar, ser tú. No dejes que el deseo constante te robe el regalo del presente. Si solo vives anhelando, un día mirarás atrás y te darás cuenta de que nunca fuiste feliz, porque siempre estabas esperando algo más.


Su expresión cambió. Sonrió aliviado. Nos abrazamos, y salimos de la plaza con un aire diferente. Y mientras hablaba con él, también Dios transformaba mi propio corazón. Mi queja por el calor, la multitud, la frustración de no poder darles más… se convirtió en gratitud.


Terminamos abrazados, transformados. Lo que comenzó como un día difícil, se volvió una lección de gratitud. Por eso hoy te comparto esto: no dejes que el deseo te robe el presente. Agradece lo que tienes. Mira a tu alrededor. Dios está ahí. Y Él es suficiente.

 
 
 

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